El diagnóstico que cambió nuestra vida

En la vida muchas cosas cambian.

 Esta es una frase que siempre nos dicen pero que yo realmente nunca había entendido. Aquí estaba yo en un momento de mi vida donde todo parecía estar perfectamente en orden, era realmente feliz; todo parecía estar donde yo creía que debería de estar. Así que decidimos tener otro bebé. Desde ese momento empezamos a soñar, porque eso hacemos todos, solo falta tomar la  decisión de que hacer para empezar a hacernos ilusiones y soñar con todo lo que podría ser el futuro. En mi plan este iba a ser un embarazo súper disfrutado, esta vez iba a hacer todo mejor pero resultó algo muy diferente.

Tenía todo un plan de cómo se suponía iban a ser las cosas, desde cómo íbamos a dar la noticia hasta la llegada a casa del bebé. Las primeras 12 semanas fueron justo como lo imaginé, fueron perfectas; sin achaques, seguía haciendo ejercicio y podía gritarle al mundo sobre mi embarazo y lo feliz que estaba en esta etapa.

Tras 3 meses de embarazo un balde agua fría nos cayó del cielo, empezaron las agotadoras visitas al doctor cada 15 días.  Llegó el 20 de diciembre 2016 y nuestra vida cambió. Una noticia que veíamos venir porque desde la semana 12 teníamos unos resultados pero no eran 100% seguros. Además había algo dentro de mí que lo sabía (suena a locura, pero ya lo sabía) ese algo fue lo que me llevó a pedirle al doctor por la prueba extra en la semana 12 que inició todo este proceso.

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Al escuchar la afirmación de la condición de mi hijo miles de pensamientos pasaron por mi cabeza; dudas, enojo pero sobre todo miedo. En mi corazón lo único que yo quería era estar en silencio, silencio y ni mi propia mente me lo permitía. Mi mente era quien me juzgaba, era quien me hacía pasar los momentos más duros y sentía que no tenía permiso de ser feliz nunca más. Llegué a pensar que mi vida perfecta se acababa y que nada iba a ser como antes.

Pasaron los meses terminó el embarazo y llegó Manuel Francisco Arata Leiva (23.03.2017). Empezaron las carreras, primero con Manuel internado en el hospital y luego en casa. Llegó ese día donde me encontraba en casa con mi bebé al que no le encontraba nada diferente.

Todo lo que pasó por mi cabeza durante el embarazo dejó de importar y entendí que me estaba preocupando más de lo necesario, cosas de las cuales ni había pensado cuando nació Silvana me preocupaban ahora.

Entendí que mi cabeza estaba llena de mitos e ideas erróneas sobre el Síndrome de Down y que no estaba viendo nada más allá de eso. Fue como si el cielo se aclarara y todo por este machito que tenía al frente, me di cuenta que no tenía que darle más mente de la cuenta a la situación sino más bien vivir y gozar cada terapia, cada logro y sobre todo los besos y los abrazos.  Así decidí enfrentar cada día.

 Esto es lo que nos pasa a todos, pasamos por situaciones que creemos son lo más difícil que vamos a vivir y las superamos, independiente nos vaya bien o no siempre se aprende de cada situación. Yo viví un diagnóstico que me cambió la vida y aunque no es mi diagnóstico me afectó en lo más profundo, me llevó a los lugares más feos de mi corazón pero también me hizo luchar para salir de ahí y tener una perspectiva distinta de las situaciones.

He aprendido tantas cosas de mi misma desde ese 20 de diciembre y ahora veo todo muy diferente a como lo veía antes. Este diagnóstico que inició siendo un monstruo de 3 cabezas y que iba a destruirnos resultó ser una sobra, solo un susto. Nos unimos más como familia y nos hace aprender día a día y ver la vida diferente.

Siempre es bueno recordar que aunque nos sintamos en nuestra zona más oscura siempre podemos luchar, siempre podemos cambiar; lo único que necesitamos es voluntad y perseverancia. Entonces sí mi vida cambió, pero en realidad la que cambió fui yo.